La duda y la perseverancia

Mauricio Mejía. Thomas Mann, en una conferencia sobre Nietzsche, hace una pregunta muy griega en torno a uno de los filósofos más fascinados sobre Helenia: ¿qué es lo que hace padecer al amor? Y responde, casi a bote pronto: “La duda”. Según Mann, Nietzsche sostenía que la pasión del filósofo a la vida era la del amor a una mujer que generaba dudas. En el campo deportivo, el autor de Así habló Zaratustra, admirador de la disciplina y la meta, fue una perseverancia. Un sin lugar a dudas.

El mundo heleno desconfió de todo, por eso inventó la filosofía y la matemática musical. Robert Graves, amo del mito, reconoce que los griegos no temían a las preguntas, por eso lo respondieron todo.

Olympia era el campo verde de la lealtad. Allí, al lado del Alfeo, el hombre que se volvió río por el amor de una mujer, esa duda. Allí Grecia completa se mostró más leal y perseverante que en ningún otro lugar: desnudos los cuerpos, no escondían trampa, aunque el desnudo llegó a causa de una mujer, filosofía, Sofía, que intentó participar en las Magnas Justas. Desde que la sorprendieron, los atletas, descendientes del atlis, compitieron libres de ropas en homenaje a la lealtad, y esa perseverancia continuó hasta que los romanos, siempre entre el doping y la sospecha, prohibieron las barbas e impusieron los ropajes que ahora llaman pants. La herencia griega del coto masculino prevalecería a la Edad Media, al Renacimiento y la caída de los Imperios, y a la Ilustración. Coubertin, fascinado por el encanto inglés, se afanó a la costumbrista idea de que la mujer debía mantenerse al margen de las prácticas deportivas en las que veía un gesto del caballero moderno. Así, en ese perfil idearía, por ejemplo, el pentatlón, que convocaba las virtudes de la espada, del nado, de la carrera, el tiro y del jinete.

La duda, la mujer, ese amor, compitió por primera vez en los Juegos Olímpicos, ante el rechazo de Coubertin, en 1900. Charlotte Cooper, la británica, se hizo del primer oro en el más caballeroso de los deportes, el tenis. Mann trabajaba en ese año en una de sus grandes novelas, Los Buddenbrook. Cuando ganó el Nobel de Literatura dijo, con una postura de campeón olímpico, que lo merecía desde hacía mucho.

Cooper, la dueña del primer olvido, pareció leer la le-yenda nietzschiana: las rejas sólo sirven para los que no saben volar.