Otto o la cosmogonía del alma

Se han agotado millones de folios sobre la importancia de Apolo en la cosmogonía griega. Los de Walter Otto pueden ser los más extraordinarios; pocos como el alemán han tenido la claridad para observarla, menos aún para divulgarla. En Olympia el mundo heleno ventiló una de sus grandes pasiones: la admiración al cuerpo juvenil, dotado de perfección y encanto. Los Grandes Concursos se desarrollaban al desnudo por transparencia.

Dice Otto: bajo la autoridad de Apolo, el que hiere desde lejos, se fundan las instituciones legales del Estado, es el que indica el camino a los colonos y migrantes, que desde los lugares más remotos de la Hélade, asistían a las Magnas Justas (el COI moderno ha permitido, en un arranque apolíneo, la participación de atletas refugiados de Siria, Sudán del Sur y otros lugares atormentados por la intolerancia humana).

Apolo es, además, el patrono de la juventud, de la edad viril y el dirigente de los ejercicios físicos. Pero sobre todo, de los hombres nobles. Apolo rige las escuelas y los gimnasios en los cuales se fomenta la belleza del músculo, los muchachos que se convertían en hombres en Olympia perfumaban para él su cabellera.

Los cuerpos bellos que debatían en los Juegos Olímpicos eran la distancia justa entre lo verdadero y lo correcto. Al Hermes de Parxíteles, que sobrevive en el Valle Sagrado, sólo le falta el aliento y la sangre que transita entre los mortales cuando compiten por la gracia y la protección de los dioses, entre los que Apolo es el más sensible al arte y al deporte, esas alquimias de la armonía y la perfección.

El gran clavadista estadounidense Greg Louganis es, quizá, el amo del cuerpo más perfecto del olimpismo moderno. Adoptado, en cuyas venas corría sangre samoana y del norte de Europa, Louganis, adolescente complicado (más que el resto, que es ya mucho), encontró en los saltos su manera de convivir con esa distancia que otros llaman sociedad. Dador de la estética al aire, ganó los oros del trampolín y la plataforma de Juegos consecutivos (1984 y 1988), logro único en esa forma voluntaria del suicidio que llaman ornamental.

En aquellos días del final de las ideologías, Louganis demostró que el arte y la armonía estaban por encima de los aparatos políticos. Algo de griego se notaba en aquel cuerpo en el que el arrojo y la temeridad (tan Aristóteles) se combinaron en la perfección absoluta, como el espíritu hegeliano.
Mauricio Mejía.