Lupita González: El SAT perdió una empleada, pero México ganó una campeona

La mexicana María Guadalupe González ganó este viernes la medalla de plata en caminata de 20 kilómetros, la primera para México en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Conoce su historia.

Lupita González (Tlalnepantla, Estado de México; 1989) se escabullía de su casa todas las madrugadas para llegar a tiempo a los entrenamientos de marcha. Salía sin que nadie se diera cuenta para evitar peleas con sus familiares debido al horario (5 de la mañana) y a los inconvenientes que implicaba cambiar una carrera y un trabajo por el deporte de alto rendimiento.

“A veces no tenía ni para el pasaje y le pedía a mi hermano. ‘Préstame porque ya me voy’, le decía. Él me daba el dinero y me salía sin hacer ruido. No quería tener un disgusto tan temprano. Quería irme bien a entrenar”, recuerdó la medallista de oro panamericano en Toronto 2015 en los 20 kilómetros de marcha en una entrevista realizada con EL Financiero el año pasado. Desde Tlalnepantla debía trasladarse al Bosque de Chapultepec, al Comité Olímpico Mexicano y en ocasiones hasta Cuemanco o Toluca.

A sus padres les preocupaba el futuro de Lupita, como le dicen, pues Leticia, su hermana cuata, y José Alfredo, el hermano mayor, ya habían terminado sus ingenierías y trabajaban.

“Querían dejarme un futuro. Siempre han sido así. Fueron muy estrictos en el sentido de que si ellos llegaban a faltar en algún momento, nosotros ya tuviéramos algo con qué vivir”, confesó María, quien decidió arriesgarse en aras de mantener su sueño de llegar a unos Juegos Olímpicos y emular a Ana Gabriela Guevara, su ídolo.

Antes de involucrarse por completo (en octubre 2012) en la disciplina con la que consiguió el primer lugar continental y segundo lugar olímpico en Río 2016, una lesión provocó dudas en la familia. ¿Debía continuar entrenando? “Mi hermano una vez me regañó. Hasta me hizo llorar. Mi hermana siempre me apoyaba. Mi hermano, no. Él estaba preocupado por mi lesión de rodilla. Algunos médicos eran muy exagerados, decían que ya no podía correr, que cuando estuviera más grande ya no iba a poder caminar y todo eso preocupaba a mi familia; era lógico”. María les insistió, demostró que podía seguir practicando y después de un breve paso por el boxeo, la marcha se hizo presente gracias a José Luis Peralta, entrenador en el Instituto Tecnológico de Tlalnepantla, donde estudió ingeniería en sistemas.

Lupita realizaba prácticas profesionales en el Servicio de Administración Tributaria (SAT) y esperó seis meses por la llamada que le daría el empleo en la dependencia. Cuando la recibió, rechazó la oferta porque el peso de sus aspiraciones deportivas era mayor. Sus padres no supieron que había declinado el ofrecimiento. Enrique González, su papá, María Romero, su mamá y José Alfredo se sentaron un día en la sala para discutir su futuro. El deporte ganó la apuesta y el respaldo prevaleció.

“Medio la regañábamos porque se desgastaba mucho y aparte tenía la escuela, pero ella lo quiso. Le dijimos que el deporte le dura dos o tres años, a lo mucho cinco, pero la universidad no. Esa terminas la carrera y es tu profesión para toda la vida”, contó Enrique González, quien trabaja para el municipio de Tlalnepantla, específicamente como notificador en el área de tesorería.

Don Enrique empujó a que sus hijos terminaran una carrera, ya que él no pudo hacer la suya; estudió hasta la preparatoria. Toda la vida se dedicó a trabajar y afirma que el sacrificio que hace toda la familia es lo que los saca adelante.

La unión familiar fue uno de los pilares en el desarrollo de María Guadalupe. Su hermana y ella mantienen una relación muy estrecha, crecieron en la misa recámara, en la casa de Agustina Rodríguez, en la cual vivieron desde que tienen memoria. El domicilio se fue expandiendo (tres viviendas en un mismo terreno) con el paso del tiempo, donde residen primos y tíos. Agustina se convirtió en una segunda madre para María y Leticia. “Mis dos mamás. Mis motores. Todo lo que soy es gracias a su educación, sus regaños, sus exigencias, todo lo que me han dado, y también gracias al trabajo del profesor Juan (Hernández)”, aseguró la mujer que posee el récord panamericano en 20 kilómetros de marcha (1:29:24).

“Al principio le conseguí alimentos en el COM. Nos apoyaron por mi forma de trabajar y después la interné ahí. Ya tiene terapista, siquiatra, médico, sicóloga. Tiene todo”, sostuvo el entrenador Juan Hernández. El preparador se adjudica la labor de persuasión para convertir en marchista a María Guadalupe y además recuerda que al principio daba dinero de su bolsillo para apoyar a la campeona que ahora es beneficiaria de la beca CIMA. “Trabajé mucho con ella para convencerla, lo bueno fue que aceptó”.

LUPITA GONZÁLEZ, EL TRIUNFO DE LA FE
Jab, upper, gancho. A ella le gusta boxeo. No sólo eso. Compitió en un torneo, marchaba invicta y, previo a enfrentar la final, es derrotada. No fue por una contrincante, el nocaut provino de la báscula porque no dio el peso y por ello se dio la descalificación, luego se enteró de que tenía una lesión. Era el preludio del eclipse de su carrera en el boxeo, porque a partir de ese momento, la vida le cambió a María Guadalupe.

Lupita, como le dicen sus cercanos, acudió a diferentes consultorios médicos para rehabilitarse. El diagnóstico fue preocupante, la rodilla se había debilitado tras salir lastimada. Fue con varios doctores y no pudo encontrar una respuesta favorable. Luego vino la advertencia: le dijeron que había posibilidades de una lesión que le afectaría en la rodilla si seguía en el boxeo.

María Guadalupe, lleva el nombre de dos vírgenes de acuerdo a la religión católica. No es casualidad, sus padres son creyentes de ésta y reflejaron su fe al nombrar así a su hija. Por herencia o por una cuestión personal, Lupita se refugió en la religión y coincidió con la recomendación de un entrenador: ¿Y si haces caminata para fortalecer la rodilla? Ella aceptó.

La recién convertida marchista comenzó en 2013, sin saberlo, su camino a los Juegos de Río 2016. Primero se preparó para los Juegos Centroamericanos de Veracruz 2014, pero una lesión en la espalda le impidió participar. La revancha llegó pronto. Consiguió los títulos en el Challenger de Marcha en Chihuahua y la Copa Panamericana en Aruca, Chile.

Luego vinieron los Juegos Panamericanos de Toronto, al año siguiente. María Guadalupe lideró la carrera, pero en el último kilómetro se convirtió en una carrera contra sí misma. La mexiquense comenzó a tambalearse, componía el paso sólo para volver a perderlo. En un último esfuerzo, la mexicana cruzó la meta y luego se desvaneció con el título continental en el bolsillo.

“Me recuerdan más por el desmayo que por la carrera”, contó González en una entrevista con la cadena ESPN.

Pero los problemas de salud volvieron a aquejar a la andarina. En la víspera de los Mundiales de Atletismo de Beijing, no pudo asistir porque su añeja lesión en la rodilla derecha le dio problemas de nuevo. Para colmo, Juan Hernández, su entrenador, explicó que sería sometida a exámenes sanguíneos.

La maltratada Lupita González regresó el año siguiente. Terminó segunda en la Copa del Mundo en Roma, pero el dopaje de la China Liu Hong le permitió colgarse la medalla de oro. Luego llegaron los Juegos de Río 2016.

Mientras la madre de María Guadalupe entrecruzaba los dedos, quizá en señal de plegaria, de apoyo o para que el cuerpo de su hija resistiera el esfuerzo, la marchista se puso al frente del pelotón junto a tres chinas. En el último kilómetro, González fue amonestada por subir los hombros durante su marcha. Esto la condicionó y en los últimos 250 metros la superó la china Hong y la mexicana se colgó la medalla de plata, la primera para una mujer mexicana en la historia de los Juegos Olímpicos.

En la transmisión, se le pregunta su sentir, luego de que nadie creía en ella. La atleta asiente y luego responde: “La única forma de demostrar es trabajar y entrenar para dar resultados. Hay que creer en nosotros porque sí podemos”.

La fe de en sí misma, le dio a  ‘Lupita’ González la plata olímpica.

Redacción