Beckett, Godot, nada ha sido, ni fue

El decoro de la derrota en el deporte no está, como piensa Coubertin, en la importancia es competir. Lo que hace fascinante al perder es la esperanza: algún día, en algún campo, en otro pasto. Debiera exponerse un museo de la derrota, Danzig, Colonia o Colorado Springs ya piensan ello, seguro. Los mexicanos, desde el San Hipólito del 1521 (13 de agosto) recurren a ella en los mensajeros de la patria en las Magnas Justas sean en Moscú, en Beijing o en Río de Janeiro. La saña, el fervor de la carnicería mexicana contra sus compatriotas en la pista, la duela y la piscina se entiende solamente si se piensa en el efecto espejo: la visión de los vencidos en la mula de mis vecinos. Jugaron como nunca, perdieron como siempre, acusan desde la comodidad del sillón, el anonimato y el falso periodismo, sujeto al adjetivo y no a la sustancia, el hecho, el dato, el récord.

Grecia creyó siempre en la victoria hasta cuando fue derrotada por Roma. Supuso, hábilmente, que el fracaso le pertenecía tanto como la Niké de la victoria. Sabios, los griegos reconocieron que el triunfo y la debacle son, en estricto sentido, dos caras de la medalla que siempre daban al sol. Todos los grandes héroes de la Hélade, todos, perdieron a causa de los dioses, esos GPS del destino, que todo lo saben hasta cuando sucede.

Samuel Beckett es maravilloso por eso: nunca llega esa medalla dorada a la que llama Godot y en la que se desenvuelven la zozobra y el éxito. Dijo Faulkner que la fama es un malentendido. Y sí. Lo es. Bolt no es el más rápido de los hombres; es el menos lento. Cronos, el Cuervo que vigila el gran valle, se toma sus precauciones para limitar la obra de los de carne y hueso en su pelea contra los divinos: Cronos detiene, los mortales contienden. No hay ring posible. Ellos dictaminan; los otros ejecutan. Perder es, siempre, un acto de misericordia.

Pero el pueblo mexicano desconoce esta talla moral de tan alto vuelos. Cada caída en Río es una cruz clavada en la sicología de un tribunal de cómodos que envidian el arrojo ajeno con desalmada perseverancia.

Mauricio Mejía.