Ser carioca, identidad de contrastes y diversidad

Eduardo Bautista

Hasta hace cinco siglos la antropofagia era una práctica común en Brasil. Desde entonces, el país más grande de América Latina no se ha podido sacudir ese estigma feroz que se le ha imputado, ya sea por sus elevados índices de violencia, sus costumbres carnavalescas o su salvaje literatura de crímenes. Pero detrás de esas arquetípicas expresiones también se encuentra el Brasil de las grandes trasnacionales y el del mejor sistema de conteo de votos. Y estos contrastes confluyen en un sitio y una identidad: Río de Janeiro.

La Ciudad Maravillosa, dicen especialistas, bien podría resumir lo que hoy significa Brasil: un país en crecimiento, pero con severos problemas de corrupción; un pueblo en vías de la modernidad pero con altísimos niveles de desigualdad social; una cultura que se enorgullece de su mestizaje, pero que segrega a sus negros.

“Cierta lógica de violencia conlleva una determinación cultural profunda. Como un verdadero nudo nacional, la violencia está clavada en la más remota historia de Brasil “, escriben las antropólogas Lilia Schwarcz y Heloisa Starling en su libro Brasil. Una Biografía (Debate, 2016).

Y es que en Río de Janeiro –como bien lo deja ver Rubem Fonseca en sus relatos– se condensa una violencia urbana brutal que ha influido en muchísimas expresiones culturales, desde las artes plásticas hasta el hip hop. Basta con echarle un vistazo al arte callejero de las favelas o al Rap Das Armas, de Cidinho & Doca, una canción de funk carioca que fue prohibida en los 90 por realizar apología de la violencia, pero que hoy se escucha en todas las discotecas de la ciudad.

Los Juegos Olímpicos comenzarán serán inaugurados en el Maracaná en medio de severos problemas de seguridad y una imagen estereotipada, la del eterno carnaval, la samba, el capoeira, las playas, el malandraje… Pero ése no es el verdadero Río, señala Schwarcz, sino una creación de los años 30 por parte de la dictadura de Getúlio Vargas, quien conjuntó elementos culturales del país para “venderlo” como un producto orgánico a los norteamericanos y los europeos.

En aquella década, señalan las expertas, la cultura fue una cuestión de Estado; el gobierno la utilizó para crear una identidad nacional a través de figuras como Carmen Miranda, la cantante de samba y actriz que se convertiría después en estrella de Hollywood. Ella, según las autoras, celebraba un Brasil “híbrido, alegre y armónico”.

“En Río el mestizaje se dio principalmente entre africanos y portugueses”, asegura Ana Gilka Duarte, directora del Centro Cultural Brasil-México. Pero también es la ciudad más cosmopolita y cultural del territorio. En sus calles es normal encontrar restaurantes griegos, libaneses o italianos.

“En Brasil tenemos tres capitales: la política, Brasilia; la económica, Sao Paulo; y la cultural, Río”, sostiene el arquitecto brasileño y profesor de la UNAM, Romildo Targino, quien hace notar la reciente llegada de árabes, quienes, asegura, han encarecido el nivel de vida en algunas zonas de la ciudad. Pero a escasos metros de esas zonas exclusivas,generalmente cercanas a la playa, se ubican las favelas, cerros en los que viven los más pobres. Y también los más negros. Porque en Brasil, advierten las antropólogas, se practica un racismo silencioso, pero igualmente perverso.

CASA DO BRANCO

Con 8 millones 500 mil metros cuadrados, Brasil es tan grande como Europa, y esto ha provocado que sus habitantess se diferencien en todo, desde la manera de hablar hasta el tipo de alimentos que consumen. Porque no es lo mismo un carioca que un bahiano, pernambucano o paulista.

“No podemos hablar de una sola cultura carioca”, sostiene Schwarcz. El término fue tomado en el siglo XIV de la palabra tupí kari-oca, que significa “casa del blanco”.

“La gente de Río es mucho más abierta. Desde hace mucho tiempo se le enseñó a nunca mirar para abajo. Porque Río ha sido la única ciudad latinoamericana que ha fungido como capital Europea. Los Reyes de Portugal vivieron aquí mucho tiempo”, explica Targino.

Duarte destaca la obsesión de los cariocas por la estética corporal, propiciada por el clima tropical, que ha generado también un profundo interés en el deporte y el consumo de grandes marcas de moda.

“Río ha encontrado su lenguaje en el cuerpo”, resume Schwarcz.

Por lo pronto, la ciudad ya ha saludado a los Dioses. Aunque la despedida podría ser muy amarga.