Dionisio y Phelps, el encanto del placer

Nadie como Nietzsche para partir en dos la consecuencia de los actos. Apolíneo y dionisíaco. En el deporte, como en el resto de las tareas humanas, habitan simultáneamente la belleza y la fiereza. La trampa, por ejemplo, es consustancial al juego. Y desde la Grecia clásica ha sido analíticamente documentada. Apolo, al amparo de Zeus, su padre, vigilaba el desarrollo de la pruebas atléticas, dotadas de sutil armonía. Pero en el afán del asombro de los dioses, de lo eterno, los atletas, hijos de los héroes, cometían imprudencias ajenas a la honorabilidad del código deportivo. Dionisio hacía su trabajo. Debe tratarse con mucha delicadeza el nombre y los quehaceres de este dios, al que Walter F. Otto ha dedicado un libro maravilloso editado por Siruela.

Michael Phleps, el dador de los 23 oros olímpicos modernos, el hijo predilecto de Poseidón, señor de los mares que tuvo especial resentimiento con Odiseo, probó en el camino que va de Londres a Río, el mar de la Atlántida, los placeres de Dionisio, volvió a la alberca y ganó cinco preseas en la vieja capital del Reino del Portugal. Algo de lince posee el rostro del más grande. Algo dionisíaco, que encanta porque no es el atleta intachable de regia resistencia al placer, el vino y las hierbas. El encanto del mal, de lo prohibido. No es casual que el depredador del oro tenga una cara felina, como de pantera acuática.

Otto, el máximo entendedor de la cosmogonía griega, acepta que la pantera fue agregada a la figura de Dionisio (cuyo nombre se escribe con admiración y miedo), como el león y el lince. También cede en el sentido de que hay contradicciones en el reino de los dioses. Nuestro dios es fascinante y alimenta, dispensa el vino, libera de pena, sana y relaja. Es la dicha de los mortales (Phelps en la cara A del disco) porque difunde bienes; el placer el máximo. Pero también es el descuartizador de hombres, monstruo de las tinieblas, la muerte (la cara B del hijo del agua). Dionisio puede ser también la aniquilación en el ámbito eterno de la vida; lo pavoroso.

Si Michael Phelps es seductor es por un gesto, un detalle. Como en las obras de Goya, en él se esconden la belleza, lo impropio y la sugestiva propiedad de lo prohibido: el oro.

Mauricio Mejía.