Impulso Schopenhauer

Poco se sabe de la voluntad, del impulso que llevaba a los jóvenes a competir en Olympia en los antiguos Juegos. Entonces no había conferencias de prensa ni diarios deportivos que revelaran las biografías de los remotos campeones de Samotracia, Tesalónica o Corinto.
Se tiene noticia, sin embargo, de lo que aquellos dueños del olivo transmitieron a sus regiones después del triunfo sagrado en el Valle del Peloponeso, la tierra de Pélope, en la que todo comenzó mucho antes del 776 a.C. Cuando los campeones volvían a sus lejanas regiones de la Hélade eran festejados como inmortales y sus nombres venerados por generaciones. Así sucedió hasta el 396 de la era cristiana cuando Verásdates, el armenio, se convirtió en el último ganador del olivo de la antigüedad. Teodosio, emperador de Roma, suprimió los Juegos de Olympia al convertirse al cristianismo. La voluntad atlética tardaría mil 500 años en volver a Atenas, en 1896.
Schopenhauer, el infinito, sostuvo que la voluntad es lo contrario a la satisfacción en reposo; es algo desdichado, inquietud, apetencia de algo, es ansia, nostalgia, avidez, anhelo, es, en el último de los casos, un padecimiento.
Los concursantes de las Magnas Justas del ahora saben que ese padecimiento diario busca un premio, un diploma, un aplauso.
La inquietud olímpica es, siempre, la motivación de la concordia, la fraternidad y la solidaridad. La humanidad, desparramada en esas identidades que llaman naciones, encuentra en el olivo de los campeones una esperanza colectiva. Un somos. La expiación schopenhaueriana se da a notar en la veneración al héroe, al vencedor de la lucha entre todos contra todos. La unidad, la convocatoria del campeón, es el triunfo de la especie, del ser en sí. El galardonado es, términos simples, la victoria del único sí contra muchos noes de ordinaria cepa.
El 10 de abril de 1896, Spiridon Louis ganó la épica carrera de la Maratón (que no formaba parte de los Juegos antiguos). Cuando entró al estadio, la tribuna alegórica gritaba: ¡Es un griego! ¡Es un griego! No era casual que un nuevo habitante de la Hélade se convirtiera en el primer triunfador de la prueba máxima de la voluntad. En aquel día, su padre compró tres barriles de vino tinto para el festejo público del día más hermoso para el deporte griego en cientos de años.
Louis murió el 26 de marzo de 1940. Todavía hoy hay una frase de uso común en Atenas: egine Louis, “tan rápido cómo Louis”.
Mauricio Mejía