La gracia de la victoria

A Grecia le gustaban la gracia, lo que es infinito; la filosofía, el deporte y Homero, su cronista.

Mesenios y naupacios agregaron a los diplomas olímpicos, poblados de olivo, a la Diosa alada Niké -que tanto asemeja a una marca actual y comercial con aires de Paloma Picasso-, deidad de la victoria… a la que nada se parece ni en el canto, ni en la lírica ni en el pancracio; Niké era un elevado concepto para una cultura fiel al encanto, cuya ecuanimidad quedó registrada en la Ética de Aristóteles, a la que Borges llama el “Manantial de toda filosofía”.

En el 425 antes de Belén vencieron en tórrida batalla a la guerrera Esparta, esa forma actual de Estados Unidos llena de glamur imperial sin barras ni estrellas.
Cada campeón olímpico desde aquella Olimpiada era coronado por la Niké victoriosa, apolínea en sentido simétrico y dotada de una inconmensurable belleza. Zeus, hecho águila, la protege y la respeta porque manifiesta la gran noticia del triunfo de los que se debatieron en la dramaturgia deportiva, en la que, de acuerdo con Homero, vencen los que son fieles a sí mismos sin envidiar el garbo y la virtudes de los demás.

La Niké era un viento de esperanza que se paseaba por el cielo cristalino del Valle de los Campeones en Olympia con la sentencia socrática de conócete a ti mismo y vencerás. A los concursos asistía la élite deportiva, poética y filosófica de la Hélade. Píndaro cantó a sus héroes, a los dioses y a las hazañas en las que éstos acompañaban a aquéllos. Todavía hoy se puede disfrutar de la Niké en los restos de los tiempos en el Museo Olímpico, que evoca los distintos escenarios de las Magnas Justas, en las que Platón dirimió el pancracio y en las que Pausanias deposita la identidad genuina de la cosmogonía griega. Roberto Calasso, esa enciclopedia, asegura que ese valle es la meta.

Shakespeare escribiría muchos años después: “Los hombres interpretan las cosas a su modo, ignorando el objeto de las cosas mismas”… El mundo griego encontró en la Niké el objeto, el premio, que daba interpretación al mundo atlético del Ser, ese campeón de la metafísica.
James Conolly, el 6 de abril de 1896, hizo recordar aquel festejo. Ganó el primer oro olímpico moderno en el salto triple. Los modernos cambiaron el olivo y la Niké por los metales. La diosa hoy es un gesto de una fabricante de copias en la que no habitan el espíritu y la unicidad del encanto.

Mauricio Mejía.