Maratón, místico misterio

Desde el 776 antes de Belén todo es un Maratón atlético. La gran ruta no formó parte del universo griego salvo en la pista heroica, en la que se veneran la convicción y el sacrificio. Todo héroe lleva una intransferible carga sobre la espalda.

En la distancia que separa a Fílipides (la versión de Heródoto, la de Plutarco o la de los siguientes intérpretes de aquella carrera) del próximo triunfador del largometraje del atletismo, se congregan y se dispersan el dios Pan, los persas, la defensa de Atenas y la convocatoria de Esparta en el festín de las espadas en Maratón, punto de salida del andamiaje de los siglos. La Historia es una cansada corredora de fondo.

Entre las alucinaciones, entre las trampas de la memoria de un recuerdo agotado de un provenir incierto como la tempestad, el atleta mantiene una constante: la asignación divina a un desgaste cada vez más tormentoso, como el de Prometeo en el Cáucaso. El concursante que dirime su destino en los Juegos Olímpicos es una sentencia de los dioses; un pacto ya dictado entre su nacimiento y su inevitable muerte. Su castigo, es, si se quiere, un látigo místico, que al producir dolor genera placer, como en Santa Teresa o San Juan de la Cruz. El mundo medieval reprimió el cuerpo, pero no la voluntad de la fe, en la que la certeza era un pavimento de largo aliento. En el sufrimiento del cuerpo se da conocer el gesto máximo del espíritu.

Lejos del renacimiento el siglo XIX recuerda a Grecia y sus gestos, el más sublime es el deporte, en el que el atleta se transforma alquímicamente en héroe, como si el eterno retorno se produjera, pero en sentido contrario. El futuro es lo pretérito. Odiseo, el consentido de Atenea, es el más célebre de los maratonistas, no por los 20 años de lento regreso a Ítaca, no por los Cíclopes, las sirenas y Circe, no. Es el más célebre porque, a diferencia de Filípides, que dijo hemos vencido, Odiseo, nadie, descubrió, en efecto, que después de la larga Maratón de vuelta a casa su premio fue el desconocimiento, el desconsuelo del anonimato, el que era nadie se volvió nada, como el personaje de Zweig que no miró los ojos del hermano eterno…

Mauricio Mejía