El futbol, épica del equipo

¿Qué entendía el universo griego, siempre ansioso de respuestas, por lo que hoy llaman solidaridad, ese equipo?

La sospecha es baladí. El deporte que se enalteció en Olympia fue individual, como presentimiento de la filosofía aristotélica.

Los equipos, los clubes y las selecciones nacionales de futbol serían futuras aportaciones burguesas de la Revolución Industrial… y sus consecuencias…

Politeísta, la cultura helénica fijó postura en sentido contrario: lo único y su propiedad. No fueron transferibles las tragedias de sus héroes. Heracles, el padre del atletismo, padeció sus privilegios en los doce trabajos que divulgaron, además, el pancracio y el pugilato; Aquiles, organizador de los Juegos Fúnebres a Patroclo, durante el clásico aqueos-troyanos, fue vencido en el primer gran evento del tiro con arco, después de ofender a Apolo; flecha que al ser talón fue debilidad y posteridad. Y Pélope, dador del Peloponeso y la equitación, sufrió el avatar de la vanguardia, la del desamparo eterno.

Grecia, campo de la felicidad, hizo que Ares se tomara quince minutos de descanso en medio de la contienda…

En 884 antes de Belén, Ífito logró el gran consenso de su carrera política. A nombre de los eleos, hizo firmar a Licurgo, soberano de Esparta, y a Cleostenes, jefe de Pisa, un tratado histórico: Olympia será inviolable e inviolables los peregrinos y atletas que hacia allá se encaminen para competir en las Magnas Justas.

Baladí la presunción, el universo griego no respondió al sólido abrazo del equipo que no conocía, salvo los Argonautas, pero se convenció de que en la paz todo es posible, sobre todo el juego.

En 1912, en los primeros Juegos Olímpicos propiamente dichos, hubo un concurso de literatura olímpica cuya idea fue del Comité Organizador. El trabajo ganador fue Oda al deporte, firmado con el seudónimo de Georg Hohrod. Aquellos versos conmovieron a los miembros del jurado. Decían, bola al pie:

Oh, deporte…tú eres la paz.

Tú estableces relaciones amables entre los pueblos, acercándolos en el culto de la fuerza controlada, organizada y dueña de sí misma. Por ti, la juventud universal aprende a respetarse y la diversidad de las cualidades nacionales se convierte en fuente generosa y pacífica emulación….

Cuando se abrió el sobre con el nombre real del triunfador, todos quedaron asombrados: era Pierre de Fredi, Barón de Coubertin, el fundador del movimiento olímpico moderno.

Mauricio Mejía