Poseidón, Morrison, ‘The End’

En sus Cartas a Poseidón, Cees Nooteboom escribe, como si fuera (acaso lo es) un reportero deportivo que presiente que los Juegos Olímpicos vuelven al letargo y con ese final llega el abandono doloroso e inevitable de los dioses: “Leyendas del mundo, eso es lo que te envío”. Antes había dicho que toda forma pura es inteligencia. El holandés jura que todos los peces pertenecían al dios del tridente. Quizá pensó en el inglés Byron, quien se enamoró, como algunas plumas mortales (quien escribe para la prensa escribe para el olvido, dijo Borges), de Grecia y batalló por ella hasta la muerte. O, tal vez, en el Lagarto que nadaba mientras abría las puertas de los cielos desde la poesía, esa alberca, y el rock and roll, ¡Morrison hubiera disfrutado tanto de Los Ángeles 84, esa Love Street! Pero se había ahogado en el mar de sí mismo en París. Se terminó la poesía acuática, esa que al moverse se aquieta e inquieta.

Río se va pero se queda, Michael Phelps será brújula y partida del nuevo discurso al más grande, Aquiles de pies y brazos ligeros en el gran elemento de las sirenas y los peces de memoria corta. El amo del tiempo en la alberca, esa pista de Poseidón (a quien la más diosa de todas, Atenea, repugnaba) será, contra lo que dispone la Odisea, la meta y la felicidad de los Juegos Latinoamericanos, construidos contra todo, cuando todo se hace llamar política y burocracia, el trabajo al revés del Marx.

Huye al pasado Río de Janeiro. Pero irse es quedarse, memoria mojada por el tiempo, que no se va ni regresa; sólo transita. Nooteboom sonríe con su enorme hallazgo metafísico: se me ha perdido el tiempo. Justo eso, con Phelps, Morrison o Lord Byron en el mar del porvenir. Se ha perdido el reloj del espíritu en algún lugar de la distancia, esa memoria de los inquietos, que sólo deambulan y pastorean la superficial manera del Twitter y ese horror que llaman ya sin reparo redes sociales. Se va Río. Llega el sentimiento de ausencia de algo bello, que tardó en edificarse, pero todo es señal y ruta. Y, como dice el gran escritor, lo que viene será, será siempre presuntuoso…

Mauricio Mejía.