Roma, Jesús, el cuerpo

Desde mucho antes de Belén, con el dominio romano de la Hélade, esa conquista que fue, afortunadamente, asimilación, los Juegos Olímpicos dejaron de ser el glamur y la belleza apolínea del deporte. Los atletas se convirtieron en actores de un reparto más cercano al circo (casi del Sol) que al arte y la armonía.

La difusión del cristianismo entre las catacumbas (de allí la palabra catolicismo) del Imperio y de la República poco a poco acechaba al mundo griego, aceptado en la nueva teología de los Padres de la Iglesia siempre y cuando no tuviera que ver con el cuerpo, ese atletismo del pecado y sus derivados; los saltos.
Tiberio y Nerón compitieron en las morusas de las Magnas Justas. El inevitable ocaso era un negro atardecer de verano, casi otoño; anuncio del letargo.
Después de una barbarie, Teodosio I, al que llamaban cómodamente El Grande, decidió convertir a Roma al cristianismo. El Gran Puente, el Sumo Pontífice, escuchó al pecador e intercedió por él ante el nuevo Dios; el Dios es los dioses, dijo Borges, en una de sus más deslumbrantes frases. La penitencia: acabar para siempre, nada sino Dios lo es, con el paganismo del juego griego, que evocaba a los doce, Zeus a la cabeza.

En 396, en aquel momento histórico, se terminó una larga fiesta que comenzó en 776 antes del Hijo del Carpintero, la tragedia, de pronto, ya no era más que una lontananza en el tiempo, que los griegos intuyeron sin ejercitarlo.

De pronto, de la nada, esa quimera, el destino se detuvo, como si pudiera obstaculizarse en devenir, ese gesto pagano. Así en un tris se acabó el olimpismo, los dioses, los héroes, los atletas; la dinastía del Ser.

El cristianismo acabó con lo que después se llamaría deporte, del provenzal “de portu”, estar en el puerto, estar de diversión o esparcimiento.
Aquélla fue una gesta en la que un Dios único venció al Resto del Mundo y sin despeinarse.
Y mil 500 años después nació lo que vemos hoy en Río, el Olimpismo, esa forma de ser y de comportarse. Dice Coubertin que hay una forma de sonreír al mundo: cuando uno está lleno de sí y se comparte, esa es, en resumen, la fiesta olímpica, la sagrada ofrenda al hombre de dirime sus preguntas ante la escena de la respuesta: la derrota o la victoria. Nada es éxito o fracaso, todo es tránsito.

Mauricio Mejía.