Ruinas olímpicas, ¿qué sucede cuando la llama sagrada se apaga?

Cuando Adolfo Hitler decidió organizar los Juegos Olímpicos de 1936 para presumirle al mundo su Gran Germania, nunca se imaginó que, nueve años después, su Estadio Olímpico de Berlín se convertiría en un tiradero de cadáveres a causa de los bombardeos ingleses.

La historia del olimpismo está marcada por hechos inesperados. Como cuando la guerra se coló en Sarajevo y convirtió sus instalaciones olímpicas de invierno –construidas para los Juegos de 1984– en auténticas sedes del terror. La pista de bobsleigh fue utilizada como trinchera por los francotiradores serbios, quienes asesinaban sin piedad a los ciudadanos bosnios tras la separación de la antigua Yugoslavia en 1991.

Desde hace 120 años, las ciudades que albergan las Magnas Justas se transforman, durante poco más de dos semanas, en el centro del mundo. ¿Pero qué sucede cuando la llama sagrada se apaga? ¿Quién recoge las sobras después de la fiesta? ¿Qué será de Río de Janeiro después del domingo, cuando se esfume la magia de Biles, Bolt y Phelps?

La historia ha sido distinta en cada país. A Atenas le resultó catastrófico en 2004. El gobierno nunca reveló cuál fue el costo real, pero según estimaciones de la Universidad de Oxford, el gasto rebasó los 11 mil millones de dólares. Cinco años después, Grecia se hundió en una severa crisis económica que la obligó a abandonar su infraestructura olímpica.

Hoy, la alberca en la que Michael Phelps ganó sus primeras seis medallas luce desolada, sin agua, cubierta de polvo. La cancha de voleibol de playa parece un deshuesadero. Y las instalaciones de canotaje son el lugar preferido de los perros callejeros.

Y ningún gobierno quiere exhibir que su proyecto fracasó. En su libro The Olympic City (2014), los fotógrafos estadounidenses Gary Hustwit y Jon Pack sostienen que la organización de unos Juegos Olímpicos va mucho más allá de la presunción y el alarde. La mayoría de las administraciones, dicen, buscan cambiar los hábitos culturales de su población y mejorar las ciudades a través de proyectos de infraestructura, vivienda y transporte público.

Justo como sucedió en Barcelona 1992, donde el 61.5 por ciento de las inversiones se enfocaron en obras civiles, como la construcción de ejes viales, corredores culturales, unidades habitacionales y apertura de playas, de acuerdo con un estudio elaborado por la Universidad Autónoma de la ciudad catalana en 2011.

“Barcelona es otra ciudad gracias a los Juegos. Se fomentaron enormes inversiones y, gracias al buen uso del legado olímpico, el proceso de fomento urbano tuvo continuidad después de 1992, aumentando así el atractivo turístico de la ciudad”, señala el estudio.

En Los Ángeles 1984, la mayoría de las inversiones fue absorbida por la iniciativa privada, por lo cual las pérdidas fueron nulas.

La que continúa abandonada es la Villa Olímpica de Berlín 1936. Durante la Segunda Guerra Mundial fue utilizada como hospital por el ejército nazi; años después fue la barricada del Ejército Soviético. De los 138 edificios que la componían, sólo siete quedan en pie. La única habitación abierta al público es la del velocista estadounidense Jesse Owens, quien hizo enojar a Hitler cuando ganó la medalla de oro por el simple hecho de ser negro.

En Beijing 2008 la construcción más redituable fue el Estadio Olímpico, mejor conocido como El Nido del Pájaro, el cual tuvo un costo de 500 millones de dólares y hoy es considerado una joya arquitectónica. Pero no se puede decir lo mismo del estadio de voleibol, que desde hace años permanece cerrado al público, a la merced de la lluvia y el sol.

Es así como el olimpismo bien podría resumirse en una historia de renacimiento y decadencia. De contrastes que legan a la humanidad un valor cultural inagotable. El espíritu olímpico, después de todo, sigue sin caber en las reducidas cajas de la política y la economía.

Hoy Río está a punto de despedir a los dioses, pero 2020 ya saluda presuroso. Y Tokio está listo para estrecharles la mano.

Eduardo Bautista.