¿Por qué China gana menos oros en los Juegos Olímpicos?

Después de las ceremonias de clausura del lunes, los críticos tendrán tiempo para analizar todo lo que salió mal en los Juegos Olímpicos de Río de este año, desde el agua de una piscina que misteriosa y peligrosamente se volvió verde hasta los asientos vacíos, incluso durante los eventos más importantes.

Un debate distinto, pero no menos angustioso, probablemente tendrá lugar en China.

Hace apenas unas semanas, analistas locales e internacionales pronosticaban que el país repetiría su reciente éxito como un número dos dominante en el medallero olímpico.

Sin embargo, ya entrando en el último fin de semana, los atletas chinos siguen lejos del ritmo de obtención de medallas de oro que registraron en las dos últimas olimpiadas y en verdadero peligro de llegar terceros en la clasificación, detrás del Reino Unido.

Para un país que considera el éxito en el podio de las medallas olímpicas como un indicador de su prestigio internacional, las perspectivas están causando consternación.

A principios de esta semana, Xinhua, la agencia oficial de noticias de China, publicó en Twitter el medallero y una pregunta horrorizada: “¿Esto es una broma?”. En realidad, sin embargo, la crisis olímpica de China podría ser para el país algo para celebrar.

El auge de China como una superpotencia olímpica fue tan rápido como inesperado, igual que su renacimiento económico.

Los juegos de 1984 en Los Ángeles fueron los primeros para China desde 1952 y, aun así, se las arreglaron para llegar al cuarto lugar en el medallero ante la ausencia de la Unión Soviética que promovió un boicot.

Lo que hizo posible tal resultado fue un sólido programa atlético estatal lanzado en los años cincuenta. La meta era simple: usar los fondos y el poder del estado chino para encontrar a los mejores atletas y entrenarlos hasta alcanzar estándares de nivel mundial.

Con el paso de los años, China creó miles de escuelas deportivas que aceptaban entrenar a niños, incluso pequeños de cuatro años de edad. Los administradores detectaban estrellas potenciales, y en otros casos llegaban por inscripción de los padres.

Para muchas zonas rurales de China, especialmente, las escuelas ofrecieron un camino –para algunos, el único camino– para salir del campo a una vida mejor.

Los beneficios podían ser considerables: Los ganadores de medallas de oro para China eran recompensados con grandes bonos en dinero en efectivo e, incluso, con bienes raíces.

Al mismo tiempo, las desventajas del sistema eran obvias. Los jóvenes atletas eran forzados, empujados y presionados a límites que rayaban en el abuso que, varias veces, los superaron.

Los padres comúnmente eran apartados de sus hijos, durante años muchas veces. Peor aún, la parte “escolar” de la escuela deportiva era considerablemente minimizada, dejando a sus graduados sin preparación para una vida después de lo deportivo. En los últimos años se ha registrado un flujo constante de historias que hablan de graduados –entre ellos campeones olímpicos– desamparados y sin empleo.

En un nivel, el sistema funcionó a la perfección, culminando con el botín de un récord de medallas de oro para China en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Pero incluso en su apogeo, el factor central que hizo posible ese éxito –un numeroso grupo de padres desesperados por mejores oportunidades para sus hijos– estaba desapareciendo.

Durante los últimos cinco años, los ingresos rurales han crecido más rápido que los ingresos urbanos, mientras el descenso de los índices de natalidad de China –y el aumento de las oportunidades económicas– apuntan a que los padres chinos están menos dispuestos a apostar el futuro de sus hijos a la posibilidad remota del éxito olímpico.

El impacto en las escuelas deportivas de China se ha ido debilitando. Hasta mayo existían dos mil 183 escuelas deportivas en China que generaban 95 por ciento de los atletas olímpicos. Aunque la cifra puede parecer considerable, en 1990 había tres mil 687 escuelas de ese tipo.

En sólo un deporte –tenis de mesa– las inscripciones declinaron 75 por ciento desde 1987.

Debido al disminuido grupo de atletas a elegir, sumado a las pocas escuelas en donde pueden entrenar, el medallero de China está condenado a desplomarse. Este año, el equipo de gimnastas chinos –tradicionalmente una potencia– no generó ninguna medalla de oro. Otros equipos que suelen ser exitosos, como los de bádminton y tiro, también han decepcionado.

Con suerte, un medallero desalentador podría inspirar al gobierno a reconsiderar sus aspiraciones olímpicas.

La creación de academias deportivas más humanas –y la mejora de sus credenciales académicas– podría atraer a más candidatos dispuestos.

Más importante aún, China necesita encontrar la manera de abrir sus selecciones nacionales a atletas que entrenan fuera del sistema estatal. Los sorprendentemente talentosos jugadores de básquetbol que se encuentran en los parques del centro de Shanghái no sólo no tienen acceso a un entrenamiento de nivel de escuela secundaria, sino que tampoco cuentan con ningún programa deportivo escolar o universitario significativo en el que puedan jugar y hacerse notar por los entrenadores profesionales y de las selecciones nacionales.

La buena noticia es que China ya cuenta con un modelo para solucionar parte del problema.

Este año, el gobierno designó a miles de escuelas no deportivas como “academias de fútbol”, con entrenamiento específico de este deporte a disposición de los estudiantes. Quienes tengan mejores expectativas pueden avanzar a través del sistema hasta llegar a las florecientes ligas profesionales de China y, con el tiempo, a la selección nacional.

Aunque estos programas no se aplican a todos los deportes, representan un comienzo en un proceso de largo plazo de ampliación de la distribución de recursos y del entrenamiento atlético través de las escuelas y las comunidades.

A la larga, ésta será la mejor manera de que China consolide su lugar en lo más alto del medallero olímpico.

 

Elaborada con información Bloomberg