Solamente dos atletas mexicanos han probado los tres sabores de la gloria, el oro, la plata y el bronce: Joaquín Capilla y Maria del Rosario Espinoza. La mexicana, campeona en Beijing, redondea una carrera única en el deporte femenino mexicano. Ocho años en la cima del tae kwon do mundial, una disciplina exigente como pocas. Consistente, coherente y voluntariosa la mexicana es un paso firme en medio del campo de batalla.

La rival china en la final fue mucho para una veterana de los duelos; joven, alta y reservada la campeona de Río de Janeiro tuvo la gracia de la admiración a la leyenda de la categoría. Deportiva en grado sumo, la oriental supo que venció a una grande del arte de guerra coreano.

Rosario es un adjetivo superlativo de México. Corresponde a la tradición iniciada por Pilar Roldán y Maritere Ramínez y hoy presente, con vigor, con Guadalupe González en la marcha. Lección de alta talla para un país en el que sus mujeres practican menos deporte que sus hombres y el decil más pobre de ellas prácticamente desconocen los ejercicios físicos.

Rosario debe ser símbolo de un nuevo contrato social en la educación física. Su gallardía, su entereza y su ambición inquebrantable son propios de los que se han edificado a sí mismos a pesar de las adversidades. María es un sí sobre muchos noes. Entera, la subcampeona de Rio2016 es una épica de grandes porvenires.

Mauricio Mejía