Mauricio Mejía. Alemania cumple, otra vez, con la vieja sentencia: México se descuida en los ocasos de los partidos. Hoy, después de una contienda espada contra espada, los mexicanos gastaron un saldo de tres puntos que les pudo dar cierta seguridad en su camino a la segunda ronda de un torneo que le avaló hace cuatro años como el mejor del olimpismo.

Doce minutos antes del final, todo indicaba que el campeón se acordaba de Londres, que tenía oficio en la administración de la pelota, del campo y del marcador. Había defendido la percha con mucho garbo durante los primeros 45 minutos en los que, por muchos ratos, superó en valentía a su rival. Pero siempre lo mismo, y siempre de distinta manera. Oribe, el artífice del oro londinense, hecho líder y con mucho corazón, anotó en el alba del segundo tiempo (52’). Sobrado de coraje, tan peculiar como efectivo, el astro asumió la responsabilidad de la tribu y la condujo al área rival con sobrada ascendencia.

No hubo tiempo para la paz en la paz. Intenso, con desplantes de gran estilo y, sobre todo, de equitativa voluntad, el partido se dirimió en el medio campo, en el que los mexicanos demostraron más atributos y más experiencia ante unos alemanes organizados, pero lerdos.

No es sencillo mantener las formas ante el “sistema”. Y menos cuando éste no cuenta con figuras de altos vuelos. Cuando Alemania sabe que su gran fortaleza es la unidad, el contrario debe tomarse sus reservas; unida es una fábrica con exacto proceso de producción. Eso sucedió hoy. México jugó contra la tradición, contra la camiseta y contra el símbolo de una de las instituciones mayores del balompié. Pero desconoció, dos veces, la sentencia que sostiene que los alemanes sólo se rinden hasta que están en el camión. En el minuto 58’ Gnabry empató la pizarra, que justificaba los hechos ocurridos en el césped.

Pizarro, tres minutos después, volvió a darle razón a la bien plantada estrategia del técnico Gutiérrez. Faltaba un mar de juego. Los germanos se dispusieron a todo. Tenían margen de arriesgue ante el rival más sólido del grupo. Y con el pundonor que les caracteriza en todos los certámenes de todas las edades, ganaron campo, pelota y atrevimiento. Poco a poco las acciones ocurrían en el lado mexicano, sobre un pasto mojado debido a las numerosas lluvias del día. El asedio fue cada vez más dramático. Ginter, en el 79’, empató con cierta gracia.

Durante los últimos cinco minutos los mexicanos jugaron más a no perder el enfrentamiento que a ganarlo. Alemania supo, entonces, que el empate era un logro.