Todo comienza y nada termina en Olympia.

La felicidad es, dicen Aristóteles y John Lennon, un arma caliente que se cura con el tiempo. Olympia es aquí y ahora Río de Janeiro, adverbio de distancia que también es Londres, París o México 68. Para el mundo griego, ese valle distante fue portería y presentimiento. Ajenos al tiempo, los griegos, esos modernos que todo lo conocieron, impusieron una marca histórica desde que poblaron el lugar que es todos los lugares y ninguno; también Amberes, Ámsterdam… y la Helsinki de Paavo Nurmi, el primer moderno que batalló contra el reloj. Recordaron, conocer es recordar, al universo dorio del que rescataron a Heracles, el precursor de la carrera.
Ahora es ayer y, también, pasado mañana, y pos mañana; cuatrienal manera del Verbo, con el que todo comienza, termina y renace; Atenea y Ulises, al que otros llaman Odiseo, Nadie, el último héroe de la mitología, el más perseverante y más encantador por sus trampas y artilugios en el recorrido.
La majestuosidad del campo prevalece. Los dioses no acampan ni improvisan; eligen. Y desde entonces, y para siempre, Olympia es el resto, el postre. Zeus acondiciona la pista para que Fidias, maestro que antecede a Leonardo y Miguel Ángel, le edifique. El dios sabe que Olympia es la meta y la felicidad; pero antes Cronos, esa vaga manera de entender el porvenir.
En donde todo comenzó, y nada termina, se formó el tiempo, el prematuro picnic que presiona en forma de 100 metros que otros llaman convención y los Beatles canción. Nada es curioso, nada. Los de barba larga impusieron, porque todo es impostura, el invariable cerro, que todo lo vigila, el nombre del misterioso dios que regula y dictamina todos los acontecimientos de la vida humana; de él, cronómetro, prisa y puntualidad.
El cuervo, Cronos, prevalece hoy en la tableta, en el celular y el Twitter, que dictamina el espacio en 140 caracteres. En Grecia el tiempo no se midió como la ecuación poética que impone Usain Bolt. Para ello debieron pasar Newton, Kepler y Stephen Hawking.
Bolt, el hombre más rápido de la historia (9.58 segundos en los 100 lisos), representa una constante que refuta a Aquiles y la Tortuga porque avanza sobre la lógica que derrumba la física elemental: velocidad sobre tiempo, dos estados del espacio intuyeron los pitagóricos. Nada empieza o termina en los Juegos Olímpicos que son distancia entre Olympia-Atenas-Río, pasando por Melbourne. El tiempo, después de todo, no existe, es una convención en la que Heidegger debatió al Ser que Es.

Mauricio Mejía