Olympiario

Mauricio Mejía
Para caminar en los bulevares del ser es necesario apoyarse en el gran atleta de la metafísica, Nietzsche.

Un deportista es un paseante y su sombra (como se titula aquel libro descomunal del pensador alemán). Una batalla inmisericorde como la memorable en la que Corebos se convirtió en el primero en ser designado en los anales olímpicos del Valle Sagrado como olimpioniko. Con esa fecha histórica, 776.a.C, los griegos no ajenos al tiempo (el monte que vigila Olympia se llama Cronos) comenzaron a registrar su transcurso en olimpiadas. Escribieron, por ejemplo, que Platón, concursante en las Justas, nació en la LXXXVIII, el día 7 de Targelión ( es decir, el 21 de mayo del 429 a.C.). Con Corebos se estrena un nuevo calendario y una nueva forma cuatrienal de la Historia.

En el rudo pleito del atleta, primero consigo mismo y luego con el rival, se esconde una épica moral. Dice Nietzsche: “De la altura de los montes no es medida en absoluto el cansancio de subirlos. El esfuerzo en pos de la verdad decide al parecer sobre su valor. Esa moral enloquecida surge de la idea de que las verdades no son propiamente más que aparatos gimnásticos en los que podríamos ejercitarnos gallardos hasta el cansancio: una moral para atletas y gimnastas del intelecto”.

El agón de los Juegos Olímpicos es un momento, un instante que puede ser eterno o vacuo; olvido. El gran admirador de la Grecia Clásica lo deja así, como un fraterno entrenador de las distancias cortas: “Épocas de la vida son, en puridad, esos cortos momentos de quietud entre ascenso y descenso de un pensamiento o un sentimiento rector”.

En esta enciclopedia de la metafísica basta la sentencia nietzschiana: ningún acto tiene pasado.

Los deportistas olímpicos son presentes que estrenan al ser futuro, esa fuerza que alentará al destino…

Ha llegado la hora de computar en Río al nuevo primer campeón que marque el comienzo de un nuevo ciclo. Se sabe que en ese 776 a.C. los Juegos fueron cuatrienales en el verano. Hay versiones que aseguran que antes las repeticiones sucedían cada ocho o cada dos. Pierre de Freddy, Barón de Coubertin, se apegó a la costumbre clásica. Sólo una vez desde 1896 (poco después de la publicación de El ocaso de los ídolos, la vertiginosa obra de Nietzsche) se rompió esa costumbre. En 1906 los griegos organizaron sus propios concursos en Atenas. Sus datos no son acreditados por los anales oficiales del modernismo.